Os humanistas non queremos amos; non queremos dirixentes nin xefes, nin nos sentimos representantes nin xefes de ninguén.
Os humanistas somos internacionalistas, aspiramos a unha nación humana universal. Comprendemos globalmente ao mundo en que vivimos e actuamos no noso medio inmediato. Non desexamos un mundo uniforme senón múltiple.
Documento Humanista.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El enfado y los prejuicios.

Hace unos días, conversando con unos amigos, tuvimos un tenso intercambio de opiniones. Algo normal entre amigos. Estas discusiones suelen provocar enfado, o malestar, de alguno sino todos los participantes en la discusión.
Una conversación que no tenía más dificultad que argumentar, que hacerse entender. Claro está que las ideas, si están claras y tienes las palabras concretas para expresarlas, son facilmente argumentables; pero ¿y las emociones? Y si además estas estan difusas en tu conciencia, ni te cuento. En estos últimos casos es muy facil que no te entiendan o parezca que estas intentando manipular o esconder algo cuando intentas argumentar, eres victima de tu propia confusión y esa confusión enturbia la explicación.
También, me dice mi experiencian que es ese estado, que era en el que yo me encontraba en la conversación de la que hablo, es más facil sentirse herido y atacado. Estoy tan confuso que todo es una gran , y todo alquel que tiene otra opinión pretende confundirte, o llevarte al huerto.
Pero en esta ocasión se dio una curiosa, y nueva, situación: ni me enfadé ni me sentí ofendido.
¿Por qué? Sería por la distancia, la conversación tuvo lugar a través de internet, sería por mi estado de cansancio, sería por querer entender a los otros (“qué caramba! Si son amigos, ¿cómo van a querer hacerme daño?”)... pero esta última opción me dio que pensar algunas de las discusiones tenidas con la que fue mi pareja y que, casi siempre, acababan con cierto grado de irritación.
Pensando y pensando llegue a una conclusión: los prejuicios, la mirada, lo que esperas del otro, las espectativas, ahí está el quic de la cuestión.
Si yo espero que la otra persona me alague o reafirme mis ideas y no lo hace, me enfadaré; si yo espero que la otra persona “reconozca” mis capacidades y no lo hace, me irritaré; si espero que la otra persona obedezca mis “ordenes” sin cuestionarlñas y no lo hace, me sentiré atacado... Por qué tengo que esperar algo de otra persona si no hemos acordado previamente nada, si no hay acuerdo.
Creo que fue por eso, simplemente no ahbía entendimiento, y había, por mi parte, poca capacidad de argumentación pero muchas ganas de entender sin imponer ni ser impuesto. Y, sobre todo, ante una argumentación bien dada no puedo oponer una vaga sensación, ni a la discusión, ni a la amistad.

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