Hace unos días, conversando con unos
amigos, tuvimos un tenso intercambio de opiniones. Algo normal entre
amigos. Estas discusiones suelen provocar enfado, o malestar, de
alguno sino todos los participantes en la discusión.
Una conversación que no tenía más
dificultad que argumentar, que hacerse entender. Claro está que las
ideas, si están claras y tienes las palabras concretas para
expresarlas, son facilmente argumentables; pero ¿y las emociones? Y
si además estas estan difusas en tu conciencia, ni te cuento. En
estos últimos casos es muy facil que no te entiendan o parezca que
estas intentando manipular o esconder algo cuando intentas
argumentar, eres victima de tu propia confusión y esa confusión
enturbia la explicación.
También, me dice mi experiencian que
es ese estado, que era en el que yo me encontraba en la conversación
de la que hablo, es más facil sentirse herido y atacado. Estoy tan
confuso que todo es una gran , y todo alquel que tiene otra opinión
pretende confundirte, o llevarte al huerto.
Pero en esta ocasión se dio una
curiosa, y nueva, situación: ni me enfadé ni me sentí ofendido.
¿Por qué? Sería por la distancia, la
conversación tuvo lugar a través de internet, sería por mi estado
de cansancio, sería por querer entender a los otros (“qué
caramba! Si son amigos, ¿cómo van a querer hacerme daño?”)...
pero esta última opción me dio que pensar algunas de las
discusiones tenidas con la que fue mi pareja y que, casi siempre,
acababan con cierto grado de irritación.
Pensando y pensando llegue a una
conclusión: los prejuicios, la mirada, lo que esperas del otro, las
espectativas, ahí está el quic de la cuestión.
Si yo espero que la otra persona me
alague o reafirme mis ideas y no lo hace, me enfadaré; si yo espero
que la otra persona “reconozca” mis capacidades y no lo hace, me
irritaré; si espero que la otra persona obedezca mis “ordenes”
sin cuestionarlñas y no lo hace, me sentiré atacado... Por qué
tengo que esperar algo de otra persona si no hemos acordado
previamente nada, si no hay acuerdo.
Creo que fue por eso, simplemente no
ahbía entendimiento, y había, por mi parte, poca capacidad de
argumentación pero muchas ganas de entender sin imponer ni ser
impuesto. Y, sobre todo, ante una argumentación bien dada no puedo
oponer una vaga sensación, ni a la discusión, ni a la amistad.

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