En primer lugar quiero aclarar que este intento de crónica no pretende mostrar una objetiva visión de los hechos, todo lo contrario, es una más de las muchas versiones subjetivas, miles diría yo, de las que han surgido tras la mani de ayer.
Y es desde esa subjetividad que me alegra lo sucedido ayer, me alegra por su precedente, me alegra por su espíritu, me alegra por su heterogeneidad y me alegra por su sensibilidad, una nueva sensibilidad que se esta manifestando cada vez con más fuerza.
Ayer vi algún ex cura socialista, algún docente jubilado, pequeños empresarios, autónomos, algún que otro trabajador explotado, parados,… no sólo de perroflautas y gafapastas vive este movimiento. Vive de una necesidad interna que nos une a todos, una necesidad que, precisamente por ser interna, muchos no logran describir.
Yo que, desde que peinaba melena y ahora que afeito cabeza, llevo buscando un mundo en donde la violencia, sea de la forma que sea, deje de existir, veo a esta marea de personas como un hermoso tsunami que me ha superado. Intentaré no ahogarme en él y apoyar en lo que pueda.
Si tengo que describir qué es lo que une a tanta gente, no me cabe duda que es la estrechez del traje, se nos ha quedado pequeño este mundo y cada vez más gente se está dando cuenta. Cuando digo el mundo no me refiero al planeta, que también se quedará pequeño, sino al mundo externo al sistema, a ese mundo de relaciones sociales, económicas, culturales, personales, religiosas, científicas, etc.
Y se nos ha quedado pequeño porque nos ha objetivizado, nos ha tratado como cosa. No somos personas somos, según el caso, una pieza que produce beneficio, un elemento que provoca gasto social, una criatura que hay que vigilar para que sus progenitores produzcan y a la vez adiestrar para generar nuevas y buenas piezas productivas en el futuro, una cuenta en el banco que hay que exprimir… somos cosas para este sistema y ahora más que nunca lo están demostrando con sus medidas coercitivas de nuestra libertad y felicidad.
Aunque hasta ahora el capital siempre gana, aunque pierda, gana. Porque decide quien pierde más que él. Me recuerda al compañero de clase que tría el balón al cole y que cuando no ganaba su equipo cogía el balón con las manos y enrabietado nos decía a los demás “yo ya no juego y como el balón es mío me lo llevo” algunos nos lamentábamos de su decisión, otros se la reprochaban, y unos pocos se alababan en busca de su “perdón” para seguir jugando. Cada vez somos más los que hemos decidido que si el niño caprichosos sólo quiere jugar con sus reglas y su balón, que juegue con sus amigos, que los demás vamos a jugar con reglas consensuadas a nuestro propio juego. Hay muchos juegos sin balón.
Y ese es el siguiente paso que creo que daría más volumen a este momento, el crear iniciativas que hagan sentir a la gente que son lo importante de las acciones. Que las decisiones sean votadas o consensuadas, que todas las iniciativas sean tenidas en cuenta, que se genere debate y se promueva la formación y la información no manipulada, que las cosas se expliquen y no se impongan.
Este gran momento que nos ha tocado vivir no podemos explicarlo desde valores de otra época, de esta época que termina. No podemos valorarlo con los valores de éxito, beneficio, coste, rédito, sino de intento y búsqueda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario